Hay historias que son obvias por donde empezar a contarlas, hay otras en cambio, más complejas o especiales, que no sabemos por dónde comenzar. Esta historia es una de esas.
Podría empezar hace 10 años, cuando vine por primera vez a Chaltén (segunda en realidad, la primera había sido a los 7 años y si bien escalé algún árbol, no recuerdo mucho). Con un grupo de amigos pasamos 10 días caminando y escalando deportiva en el pueblo, apenas estaba empezando a escalar, pero con 6 expreses y 2 arneses entre 5 lográbamos divertirnos. Volvimos por la ruta 40, yo al volante, eran las 3 de la mañana y veníamos charlando con Agus. Esas charlas que suceden solo cuando el resto duerme, vemos apenas un poco más adelante nuestro y vamos transitando el desierto en la máquina de teletransportación que llamamos: auto. Charlas que viajan a 120 km/h y en el trance de la oscuridad aparecen sueños que nos animamos a nombrar. Recuerdo que dije: “Quiero subir al Fitz”. Y ahí comenzó todo.
Tardé 5 años en volver a escalar a Chaltén. Fuimos a la Guillo en marzo, tuve mucho miedo y frío. Volví. Escalé otras agujas, pasé más miedo, no tanto frío. Volví, escalé vías que no me imaginaba, conocí vistas nuevas, corrimos al granito y volvimos. Volví, volví, volví. Probé subir al Fitz, no estaba listo. Cada vez tuve menos miedo, abrimos algunas rutas, no me hubiera atrevido a soñar tanto. Volví. La atracción metafísica de la montaña me hizo volver. Cada vez que volvía y estaba entrando al pueblo y se mostraba, aunque sea parcialmente, mi corazón latía con más fuerza, soltaba un poco el pie del acelerador, no porque no quería llegar, sino porque no quería llegar apurado. Durante 10 años (o tal vez desde hace 22, desde esa primera visita) la montaña me llamó, de una forma sutil, sin apuro, sin razones, esperando, paciente, que respondiera su llamado. Me hizo de faro, para mejorar, para aprender, para crecer, para moverme.
Podría empezar a contar la historia hablando de la cordada. La Pulga y Vale.
A la Pulga la conozco hace varios años, antes de empezar a escalar en Chaltén. Nos conocimos haciendo la escuela de guías de montaña, pero no fue hasta el año pasado que nos hicimos amigos. Motivada, tornado, movimiento. Esas palabras son las que pienso cuando pienso en la Pulga. También charlas, sobre todo, siempre llevándolas a otro plano, a otra perspectiva. Siempre lista para un plan manija; escalar, esquiar, hielo, agua… lo que sea, con buena onda, con una sonrisa, no importa el ambiente o el lugar, siempre te hace sentir con buenos ánimos.
A la Pulga la conozco hace varios años, antes de empezar a escalar en Chaltén. Nos conocimos haciendo la escuela de guías de montaña, pero no fue hasta el año pasado que nos hicimos amigos. Motivada, tornado, movimiento. Esas palabras son las que pienso cuando pienso en la Pulga. También charlas, sobre todo, siempre llevándolas a otro plano, a otra perspectiva. Siempre lista para un plan manija; escalar, esquiar, hielo, agua… lo que sea, con buena onda, con una sonrisa, no importa el ambiente o el lugar, siempre te hace sentir con buenos ánimos.
El año pasado y gracias a que me agitó nos fuimos a esquiar con los pibes a las Cuevas, donde estaba ella viviendo. Nos hicimos unas buenas aventuras de escalada en hielo y esquí. Durante esa semana en las Cuevas apareció Vale, que si bien nos conocíamos, no habíamos compartido mucho. Esa semana nos conocimos un poco mejor compartiendo asados, termas y unas buenas risas. Esta tempo nos encontramos desde temprano y fuimos compartiendo todo tipo de planes: boulder, cenas, fisuras, playa, pesca, chamba, navidad y hasta vimos un huemul. La cotidianidad nos hizo buenos amigos en poco tiempo. Motivada, transparente, espontánea.
O tal vez puedo empezar a contarla desde 1 día antes de que empecemos a escalar, el 10 de febrero de 2026. Estaba guiando y el clima iba mejorando, se suponía que el 11 a la noche empezaba una brecha, la cual teníamos ganas de ir al Fitz con el Villa, pero se había enfermado en los últimos días y era muy probable que no llegue a recuperarse. Volviendo de Laguna de los 3, nos sentamos en un mirador y nos pusimos a admirar las nubes sobre la cumbre. Con el corazón conflictuado decidí tratar de hablar con la montaña, no con nuestras palabras por supuesto, sino con las de la montaña, un idioma que no domino, pero a veces logro entender luego de tantos años de transitarlas.
Hice silencio, le propuse a los clientes que hicieran lo mismo, que sientan lo que les transmitía la montaña, que se abandonen a los sentidos, que intenten hacer silencio de mente. Las nubes se empezaron a mover de la cumbre y por algunos minutos se dejaron ver sus paredes kilométricas de granito emergiendo del hielo y el viento acariciando sus flancos. Viento que a nosotros nos parecía un temporal si estuviéramos ahí arriba, pero viento que para la montaña es apenas un roce, una caricia, la cual disfruta.
Y mientras intentaba escuchar, solo le hice una pregunta. Una pregunta que muchas veces hacen los enamorados en ese momento, momento hermoso, que todavía no saben si se aman, cuando nos estamos conociendo y nos vimos de lejos. Ese momento en que preguntamos: ¿Puedo entrar a tu mundo? ¿A tu intimidad? ¿Estamos dispuestos a compartir nuestras luces y sombras? ¿A ser vulnerables? ¿Es ahora?
La respuesta no vino en forma de palabras, porque la montaña no habla de esa forma. Luego de una relación de más de 10 años, la respuesta vino de forma sutil, en sensaciones. La montaña se mostró, aparentemente impasible, pero al igual que con las personas, cuando vemos el brillo en los ojos que nos dicen: sí, que es ahora. La montaña brilla en la intuición. Y mi corazón se resolvió. Las nubes volvieron a tapar las catedrales y el grupo retomó la marcha al pueblo.
Por supuesto que cuando había llegado tenía 2 mensajes, uno de Vale y otro de la Pulga, preguntando, sugiriendo, investigando cuáles eran nuestros planes (de Villa y míos) para la brecha que estaba empezando. Antes que nada, hablé con el Villa, a ver cómo andaba. Me dijo que se bajaba del pegue, que se sentía mal todavía.
Entonces fui a ver a las chicas, su plan era ir para el Fitz, no había un plan concreto todavía, pero estaban preparando las bolsitas de comida, calculada con precisión y amor.
Y así comenzamos los tres el trabajo táctico y estratégico de escalar en Patagonia. Pronósticos, rutas, mochilas, equipo, días de trabajo. Infinidad de variables que intentamos procesar y cranear el mejor plan de acción para tener la mejor aventura posible. Me fui a dormir con la cabeza todavía haciendo cálculos y malabareando opciones, pero con un plan definido.
Me desperté temprano y me fui a guiar, estuve hasta las 17 hs trabajando, hicimos un trekking tranquilo, apenas 15 km, pero llevó todo el día. Cuando volví y me junté con las chicas me tiré en la cama mientras ellas terminaban los preparativos. Mates, armé la mochi, pim, pum, pam. Con una pizza calentita salimos en el auto al Río Blanco. Empezamos a caminar sin linternas, todavía había claridad del día. Nos metimos al bosque con paso energético. Las chicas venían charlando de temas varios, yo sentía el cansancio, tanto físico como mental. Dejé que se alejen un poco y seguí caminando, solo con mis pensamientos.
El bosque era una danza de sombras y claros. Los ojos apenas divisaban el camino, que se notaba un poco más iluminado en contraste con la oscuridad del bosque. Me relajé al darme cuenta de que ya estábamos yendo a escalar, ya no había marcha atrás, era lo que era. Me emocioné un poco y empecé a pensar en mis maestros, en todas esas personas que me habían ayudado a convertirme en el escalador que soy. Muy rápido la definición de escalador quedó obtusa y empecé a pensar en todas las personas que me habían influenciado en ser lo que soy.
Se me ocurrió que somos un bosque, donde cada persona que nos cruzamos tiene influencia. Muchos (los maestros) plantan semillas, algunos (los monstruos) talan nuestros troncos, otros riegan, otros contemplan, otros comparten nuestros frutos, otros nos ayudan a combatir las bacterias, otros las traen. Pero todos nos van construyendo en lo que somos. Hay veces que hay que dejar morir un árbol para darle lugar a los retoños, a las nuevas ideas, a las nuevas versiones del bosque. Hay momentos en que se nos caen las hojas, hay momentos donde el verde es tan intenso que brillamos. Hay momentos donde nuestro silencio es insoportable y momentos en que es reparador. Cuando sopla el viento podemos ser refugio, o podemos ser peligro. Nuestro bosque nunca es el mismo, pero aunque todos los árboles mueran, los nuevos también se nutren de los caídos, de lo que fuimos. El bosque es pasado y presente. Todo visitante deja una huella y toda huella es parte de la danza.
Me encuentro caminando en la oscuridad, reflexionando si los árboles podrán escuchar mis pensamientos. Las chicas me están esperando y con una pregunta que no recuerdo salgo del ensimismamiento.
La subida a Laguna de los 3 se hace rápido, sin el tráfico del día. Cerca de las 12 de la noche estamos armando el campamento. Comemos algo más y nos acostamos. Compartimos una carpa de 2 y 2 bolsas de dormir entre los 3. Por suerte las chicas ocupan menos lugar que yo. No hace tanto frío como esperamos, caigo en un profundo sueño más rápido de lo habitual.
Nos despertamos tarde…
Está casi totalmente despejado y empieza a levantar la temperatura. A eso de las 11 am nos metemos en el glaciar y empezamos a subir. Hay una huella en la nieve, pero igual nos vamos hundiendo. Alternamos quién va adelante y sin prisa llegamos a Paso Superior. Dormimos una siesta, tocamos la quena, charlamos con otros escaladores. Continuamos la marcha. Llegamos a la base de la Brecha. Aca tenemos que subir una pala de nieve empinada que nos deja donde vamos a acampar. Vale sale en la punta y la seguimos, poniendo algún seguro de vez en cuando. Todo va fluyendo y de a poquito vamos subiendo. Un último largo de mixto que hace la Pulga nos deja en nuestro campamento. Nos encontramos a Will, con el que hablamos un rato, armamos la carpa, hacemos agua, comemos, nos reímos y nos disponemos a descansar.
El despertador va a sonar en 5 horas. La mente en estos momentos muchas veces nos juega malas pasadas y no nos deja descansar las pocas horas que tenemos disponibles. No es la ocasión. Los tres nos quedamos dormidos rápido.
Suena la alarma y nos quedamos media hora más durmiendo. Finalmente alguno decide que es momento de salir del abrigo de las bolsas de dormir y comenzamos las tareas matutinas (aunque sea de noche). Empiezo el día en la punta de la cuerda. Un largo de mixto y luego comenzamos una travesía en hielo y nieve para ir hasta la Silla de los Americanos, desde donde empieza la vía que vamos a escalar: La Californiana.
Recibimos al sol con un largo de hielo y uno de mixto, finalmente llegamos a la roca. La Pulga se prepara y sale a la carga. Las condiciones de la pared son excelentes y aunque es una ventana fría, se puede escalar bien. Primero un largo fácil por un diedro, le sigue un largo un poco más exigente, pero muy lindo, que empieza por una fisura fina. Después un offwidth, donde nos arrastramos como babosas para pasar. Cambiamos la punta y sigue Vale, hace 2 largos, donde hay que navegar un poco más. Me toca a mí y hago un par de largos que me requieren hacer fuerza, extraño mis pédulas, que decidí no traer, pensando que iba a haber más nieve. Escalo con mis botas y pienso en los primeros ascensionistas, que no solo la escalaron en botas, sino sin ni una décima de nuestro equipo y sin pronósticos. Me siento un privilegiado.
Seguimos subiendo...
Vale escribe:
“En algún momento estábamos muy cerca de la Poincenot. Largo a largo íbamos subiendo, al principio la veíamos para arriba, después a la misma altura y en algún momento nos quedó abajo. Les dije a los chicos: estamos en el Fitz, ya vamos a estar arriba... Por la cumbre de la Poicenot aparecieron unas personas, les gritamos celebrando, nos respondieron... Qué chiquitos que somos”.
“En algún momento estábamos muy cerca de la Poincenot. Largo a largo íbamos subiendo, al principio la veíamos para arriba, después a la misma altura y en algún momento nos quedó abajo. Les dije a los chicos: estamos en el Fitz, ya vamos a estar arriba... Por la cumbre de la Poicenot aparecieron unas personas, les gritamos celebrando, nos respondieron... Qué chiquitos que somos”.
A pesar del frío reinaba la paz en el ambiente. Cada vez que nos encontrábamos en una reunión, en silencio, mientras otro escalaba, me emocionaba, mi corazón se reía. Alguna lágrima precoz se escapaba y mi boca se curvaba, en eso que llamamos sonrisa. A través de la mirada nos encontramos sintiendo lo mismo: la inmensidad, lo fútil, lo sutil.
Poco a poco, a medida que llegar arriba se convertía en algo inevitable, en el destino del presente, el único destino posible de contemplar. A medida que nos acercábamos a ese techo imaginario que tantas veces vimos desde abajo, la escalada ya no era un esfuerzo físico o mental. La escalada era el medio espiritual que nos movía hacia la plenitud, la plenitud del sentir, del alma.
Llegamos al filo de la Supercanaleta y luego de algunos largos muy divertidos y un rapel se terminaron las dificultades. Adojamos las cuerdas y empezamos a caminar a la cumbre. El Fitz tiene algo poco habitual en la zona: se llega caminando al punto más alto. A medida que vamos subiendo el pedrero cumbrero nos alejamos un poco, viviendo cada uno a su manera los últimos pasos.
El sol todavía no se esconde, pero una nube densa lo tapa y parece que es más tarde de lo que es. Las emociones me desbordan, de vez en cuando me río o contengo un lagrimón. Se abre un claro en el cielo, entre el horizonte y las nubes. El sol vuelve a brillar e ilumina mi espalda. La cumbre se cubre de dorado, mis ojos se abren, las piernas se apuran. Quiero estar ahí arriba con el rayo de sol. Hago los últimos pasos apurado y de repente no hay para dónde seguir subiendo. Me doy vuelta y veo el sol queriéndose esconder detrás del Cerro Torre. Se cae la primera lágrima y miles le siguen.
Los colores del atardecer se reflejan en el campo de hielo, las chicas vienen caminando por el filo cumbrero, no aguanto las piernas y me arrodillo, mis ojos abrumados de tanta belleza derrochan cataratas de lágrimas. Nunca lloré en una cumbre, pero ahora lo hago. El corazón grita, grita cosas inentendibles, la existencia se me hace inexplicable, estar ahí un sinsentido, la mente no tiene lugar en este momento. El corazón habla con la montaña, con el sol, con el hielo, con mis compañeras, con Lichi.
Mi cuerpo de rodillas y con las manos en la cara se mantiene inerte. Hay imágenes que valen más que mil palabras y hay instantes que valen más que mil imágenes. No recuerdo si pensaba en algo, al contrario, recuerdo no pensar.
Muchas filosofías orientales hablan sobre estados de meditación o consciencia superiores, estados como el Nirvana, donde se encuentra la verdadera sabiduría, donde habita la verdad, cuando abandonamos la mente y nos entregamos a la intuición, al corazón.
En ese momento, con mi cuerpo rendido, en posición de alabanza, todos los caminos de mi vida convergen. Cada decisión que tomé, cada una que no, cada persona que me crucé, cada vez que le dije a alguien "te amo" y cada vez que no lo dije (¿por qué no lo dije?). Cada pequeño camino me llevó a este instante. A este instante contemplando la grandeza de la naturaleza: el hielo, el agua, las nubes, el sol, el granito, las formas, las líneas, la suave brisa, los colores, los blancos, los círculos, el aire… Las lágrimas siguen brotando y una sensación sin igual me invade, no es tristeza, tampoco felicidad, es… plenitud.
No me gusta hablar del sentido de la vida. Si no de dirección. La dirección tiene más de un sentido. Las vías del tren son la dirección, mientras que el tren que se mueve le da el sentido. Creo que en la vida, tenemos que construir direcciones, lugares hacia los que queremos ir, teniendo en cuenta desde donde venimos, y si alguna vez llegamos a ese lugar, que este nos ayude de estación para seguir marcando la dirección. Cuando hablamos de sentido el pasado queda atrás, en cambio, cuando hablamos de dirección, podemos resignificar el pasado en base a nuestro presente.
En ese momento, mí dirección se encuentra perfectamente alineada con mí presente. Estoy, no donde queria llegar, si no, donde siempre me dirigí. Y en este estado de conciencia absoluta escucho a la montaña, está vez sin esforzarme, sin intentarlo. Me recibe con alegría y me hace acordar mí propósito de estar ahí arriba. Agarro mí mochila y agarró la bolsita donde tengo las pocas cenizas que quedan de Lichi. Casi ridículo pensar que mí amigo está de alguna forma ahí, pero de alguna forma está. Lo tengo contra mí pecho y contempló el círculo dorado que nos da la vida, hacia el oeste. Por que, no tengo dudas, la muerte es hacia el oeste, allí donde termina el día, igual que el sol, tenemos que ir para alla. Las lágrimas desaparecen y el corazón aprovecha para expresar todo eso que muchas veces la mente oculta.
Podría empezar a contar esta historia cuando conocí a Lichi. Hace unos años, en el camping que vivíamos los dos, La Torcida. No recuerdo cuándo fue la primera vez que lo vi o charlé, pero de a poco, en una relación de casi convivencia, nos fuimos conociendo. Empezamos a escalar juntos y a tomar mates. Nos fuimos al monte y nos subimos alguna montaña. Terminó la temporada, nos fuimos a nuestra otra vida, fuera de Chaltén. Nos volvimos a encontrar como si el tiempo no pasara. La relación se volvió cada vez más cercana. Continuaron las escaladas, pero las charlas y los mates se volvieron más importantes.
Su carpa estaba al lado de mi casita y casi todos los días se pasaba a la noche a saludar y tomar un té. Compartíamos con los otros pibes que estaban en el camping y charlábamos de la vida. De amores, de sueños, de lo que nos hacía mal, de cómo estar mejor, de lo que nos hacía bien. ¡Nos reíamos! También supimos abrir el alma y llorar. Recuerdo una de las últimas conversaciones que tuvimos. Hablamos de cómo nos veíamos en el futuro o qué queríamos. Uno de los sueños que nombró era subir al Fitz… Pocos días después su alma dejó su cuerpo y nos quedamos solo con las memorias.
Al día siguiente del accidente me fui al río, a intentar comprender que un amigo se muera, que ya no esté. En ese momento le prometí que lo iba a llevar al Fitz. En un intento desesperado por extender su vida, le hice la promesa de ayudarlo a cumplir uno de los tantos sueños que dejó en la tierra.
Recibo a las chicas con un abrazo, lloran y se ríen. Las palabras sobran, pero algo decimos. Es momento.
Le doy las gracias por todo y murmuró algunas palabras que no reconozco. ¿Son mis palabras? Creo que en ese momento es Lichi el que habla a través mío. Me da las gracias y me dice que soy libre. Lo dejo ir al viento.
Miro las cenizas volar hacia el horizonte, con las últimas luces del día, con los colores del atardecer. Me emociono con una despedida tan perfecta, tan soñada. Mi promesa está cumplida. Mi cuerpo se afloja y una vez más me encuentro en el piso llorando. Siento el abrazo de la amistad, miro al costado y están la Pulga y Vale conmigo. Llorando a mi lado.
¿Quién pudiera siquiera soñar con tener amigas como estas? Acompañándome en cada paso, compartiendo mi dolor y mi alegría. Sosteniéndome y ayudándome a estar acá.
En algún momento nos empezamos a reír y nos encargamos de disfrutar la cumbre. No nos queda mucho tiempo de luz, pero no nos importa. No hay apuro.
La bajada es larga, ya estamos cansados y no conocemos los rapeles. Ya con las linternas prendidas empieza bajando la Pulga. Levanta un poco de viento y, sin sol, se empieza a poner frío. Nos movemos lento, pero constante. Hacemos cinco rapeles en la nieve y un rapel aéreo, en la oscuridad, nos deja en la vertical de granito. Por suerte no hay mayores incidentes, las cuerdas bajan bien y de a poquito, de a 60 metros, de a 30, nos vamos moviendo ayudados por la gravedad. Se hacen las 12 de la noche y le cantamos el feliz cumpleaños a la Pulga.
Estamos cansados y se siente el frío. Entra una nube que trae un poco de nieve, por suerte el viento es leve. En cada reunión nos abrazamos para darnos calor. ¡Cuántos tipos de abrazos que nos damos en la montaña! Abrazos de alegría, abrazos de consuelo, abrazos de abrigo…
Vamos cambiando quién abre los rapeles. El que va primero tiene la ventaja de estar más activo, el frío se siente menos y todo sucede un poco más rápido. Llegamos al famoso rapel aéreo. Un rapel de 60 metros que se despega completamente de la pared para encontrarse con una terraza justo antes de que se termine la cuerda. Me toca bajar último.
Hay una densa nube instalada donde estamos. Empiezo a bajar y mis pies dejan de tener contacto con la roca. A medida que bajo va desapareciendo la pared, está nevando y la linterna hace un efecto pantalla. No veo nada más que la cuerda que sube y la que baja. Empiezo a dar vueltas, pierdo el control giroscópico. En medio de la oscuridad pierdo todo punto de referencia. Me siento flotando… flotando en medio de una nube, en el vacío de la noche. Por unos momentos estoy en un viaje intergaláctico, atravesando estrellas, viendo vidas pasadas, abandonado a la fricción de mi placa y la cuerda. Finalmente encuentro la roca y me reincorporo un poco mareado.
Termino de abrir los rapeles que quedan, llegamos al neve con la luz del nuevo día. Un rato después llegamos a la carpa luego de 26 horas de haberla dejado. Todavía nos queda rapelar “la brecha”, un corredor con muy mala fama que conviene rapelarlo cuando todavía está frío. Decidimos desarmar el campamento y continuar el descenso. Me saco el arnés y los grampones y me meto en la carpa a buscar algo… me acuesto, solo un segundo…
Me despierta la voz de Vale. Miro y la Pulga está acostada, afuera nieva. Vale me pregunta si puede cerrar la carpa. Le pido que me saque las botas. Con paciencia y cariño lo hace. Pasan algunas horas donde el cuerpo está rendido y la mente descansa. En algún momento nos despertamos y hacemos algo de comer y un poco de agua. Las chicas vuelven al sueño y yo me embarco en la laboriosa tarea de convertir la nieve en agua. Me cuesta mantenerme despierto y siento que no importa cuánta nieve ponga en el calentador, se desintegra en el aire y apenas me queda un sorbo de agua. Logro hacer 2 litros de agua y una sopa.
Las despierto a las chicas y decidimos que tenemos que bajar. Terminamos de desarmar el campamento mientras vuelve a salir el sol. La brecha está todavía fría, aunque es casi el mediodía, lejos de ser la hora ideal para bajar. Nos ponemos en mentalidad evacuación y hacemos los siete rapeles que nos separan del glaciar en menos de una hora. Nos alejamos de las paredes y una vez seguros en el plano nos rendimos al hielo.
Con el día mejorando pasamos una hora apreciando las vistas, durmiendo una siesta, comiendo lo que nos queda, charlando y disfrutando estar rodeados de monolitos graníticos perfectamente dorados. La bajada sigue con la calma y la diversión de las chicas. Pequeños momentos que van alimentando a un alma satisfecha. Vamos rescatando la comida que fuimos dejando escondida para la bajada, pasamos por el campamento Poincenot y nos reciben con mates y más comida. Terminamos de hacer los últimos 8 km de noche nuevamente. Corriendo por momentos, por el mismo bosque que nos recibía hace cuatro días. Vuelvo a pensar en todas las personas que me hicieron llegar hasta acá y sonrío.
Hay historias que son difíciles de empezar a contar y también de terminar. Podría terminar cuando llegamos al auto, pero estaría faltando la parte más importante, que es compartir con nuestra comunidad nuestras aventuras. Nuestra vuelta a Chaltén fue igual de emocionante que la cumbre. Las recibidas, los abrazos (¡cuántos abrazos!), las risas, los llantos. La alegría reflejada en los ojos de nuestros amigos.
¿Quién lo diría?
Entre relatos y fotos un amigo me dijo: “Siento que cada vez que uno de ustedes sube, subo yo también”. ¡Y cuánta razón!
Sería imposible subir sin toda esa contención. Sería impensado llegar ahí arriba sin el sustento y motivación diaria. Sin esos boulders en el pueblo, sin esos asados, sin esas amistades.
Y aunque fuera posible, no tendría dirección alguna.
Gracias a esa piedra gigantesca el universo nos reunió aquí. Esa atracción metafísica (¿o será física?) nos deja orbitando alrededor del centro magmático cristalizado. Nos hace interactuar y relacionarnos para que de vez en cuando alguno vaya a su centro y vuelva con historias y sensaciones para compartir. Para seguir alimentando el fuego que nos mantiene vivos. Para seguir mirando arriba y decir:
“Es magnífico”: La naturaleza; las montañas; la vida. Incluso la muerte es magnífica: la finitud, las decisiones, el oeste.
Podría terminar esta historia con esos encuentros de vuelta, con alguna frase que me resonó, con un “vivieron felices para siempre”, con un gracias, con la próxima vez que volví a ver la montaña, con el asado de festejo que hicimos. Pero nada de eso le haría justicia a la esencia de esta historia, que es solo una estación.
No le haría justicia a la dirección de mi vida darle un cierre. Por eso solo se me ocurre decir:
Continuará…